“Me acostumbré al ruido de las bombas”: cómo se vive en una trinchera que está bajo incesante fuego ruso

KUPIANSK.- El intercambio de artillería pesada es constante. El enemigo ruso, que está a tan sólo 7 kilómetros, ha intensificado su ofensiva en los últimos días y se nota. El sonido de los bombardeos es intermitente. En esa línea de horizonte que los militares piden a los periodistas absolutamente no filmar ni fotografiar -porque el adversario podría luego detectar esa trinchera-, se levantan dos columnas de humo.

El termómetro marca 29 grados, pero ni Oleksandr, de 23 años, ni Evgeny, de 27, dos soldados que custodian una trinchera de segunda línea defensiva del frente de la región de Kupiansk se quejan por el calor.

Tampoco se sobresaltan por los estruendos que, en forma intermitente, quiebran el silencio y alteran a algunos gallos de la zona, que parecen haber enloquecido y cantan.

“Esto es normal, no tenemos miedo”, dicen estos dos soldados ucranianos que defienden su trinchera de 15 metros cuadrados armados de Kalashnikovs y un lanzagranadas. Hacen turnos que duran ocho horas y están acostumbrados a estar allí, en ese angosto agujero en la tierra realizado con troncos de madera, ladrillos y cemento armado, rodeado por vegetación y marcado por estrechos pasillos subterráneos y un búnker oscuro pero seguro, en el que comen y descansan, hasta cuando haga falta. Su posición sirve para cubrir a los militares ucranianos que están más adelante. Y en caso de ruptura del frente del ataque ruso, su objetivo es frenar el avance adversario. Los periodistas sólo pueden acceder a esa trinchera escoltados, con chaleco antibala, casco y acreditación y permisos correspondientes, resultado de una compleja logística realizada por la ONG Kharkiv Media Hub.

El apodo de Oleksandr, que parece un chico y oculta sus ojos celestes detrás de visores de lentes amarillos, es Tetramon. Es originario de Lugansk -capital de una de las regiones del cercano Donbass anexadas por Rusia- y está emplazado en esa trinchera desde hace tres meses. Su madre, su esposa y su hijita viven en Kharkiv, que queda a poco más de cien kilómetros. Su padre murió en enero pasado por la maldita guerra que desencadenó Vladimir Putin.

-¿Cuál es su sueño para cuando termine la guerra?

-Tengo varios sueños, pero el primero es que la sociedad de Ucrania siga tan unida como está desde que comenzó la invasión y el segundo, abrir una cafetería junto a mi esposa, Cristina.

Evgeny, su compañero, es de Cherkasi. Al igual que Oleksander, se sumó al ejército cuando comenzó la invasión rusa, el 24 de febrero de 2022. Está casado y tiene dos hijos, a quien no ve desde hace mucho tiempo, pero no se lamenta. En la trinchera también está Erik, que prefiere cubrir su rosto. Es otro chico muy joven. Nació hace 23 años en Kharkiv, donde su padre, africano que fue a estudiar allí, se casó con una ucraniana. Erik agradece la presencia de los periodistas y se limita a decir que está allí para “defender la tierra donde nació y porque quiere vivir en libertad.

Su jefe es un sargento de 44 años cuyo nombre de batalla es Baloo, como el oso de El Libro de la Selva. Cuando hablamos con él en el búnker de la trinchera, donde ya no se oyen los golpes de artillería, es muy parco. No puede decir demasiado sobre cómo sigue la contraofensiva ucraniana, sobre la que es cauto.

-¿Estamos en la parte del frente donde dicen que se han infiltrado 100.000 soldados rusos?

-No lo sabemos, pero sabemos que los rusos rotaron a su personal. Según el protocolo, si pierdes el 50% de tu personal, tienes que cambiarlo

-¿Avanza la contraofensiva ucraniana o está estancada?

-La línea del frente es muy larga, nuestras tropas son cinco veces menos que las de los ocupantes. Incluso con los armamentos que recibimos de los aliados occidentales, no tenemos la superioridad total en el frente. En diferentes lados del frente podemos avanzar, pero es un secreto militar.

Baloo también destaca que las tropas ucranianas están capacitadas y bien entrenadas: “podemos avanzar en cualquier momento, ellos son muchos más, pero nosotros luchamos con calidad y entrenamiento. Los ocupantes lanzan ataques feroces, pero nosotros no lo hacemos porque somos profesionales y cuidamos la vida humana”.

-¿Qué necesitan?

-Artillería pesada y aviones de caza. Con eso el avance va a ser más rápido, porque si nosotros trabajamos en el terreno y la aviación trabaja desde el aire, todo puede cambiar, es lógico.

Antes de verse obligado a estar defendiendo su patria, Baloo trabajaba como cerrajero en Kharkiv, donde tiene una mujer y tres niños. Cuando muestra sus fotos en el celular, repentinamente su rostro se relaja y se transforma. La última vez que vio a su familia fue cuando lo pudieron ir a visitar al hospital luego de haber sufrido una herida de una metralla de tanque en Bakhmut, localidad más al sur que estuvo durante meses al centro de cruentos combates.

Como para todos los ucranianos, para Baloo la guerra sin dudas terminará con la victoria: “no podemos decir cuándo, en qué momento, pero queremos que sea una sorpresa para el enemigo”.

Ciudad fantasma

Lejos de la trinchera, la ciudad de Kupiansk -ocupada por los rusos al principio de la invasión y liberada en septiembre pasado- luce como una de las tantas de Ucrania que parece fantasma. Solía tener más de 50.000 habitantes y ahora poco más de 10.000. Se trata de personas que rechazan ser evacuadas porque, pese a que las bombas siguen cayendo, no quieren dejar sus casas.

También hay que vestir casco y chaleco antibalas en una recorrida por Kupiansk, una ciudad muerta a la que se llega después de atravesar una carretera marcada por los combates, un ir y venir de camiones militares y un paisaje bucólico de campos con girasoles.

“Si grito ‘aire’, tírense cuerpo a tierra”, advierte a los periodistas Maxim, el militar que nos acompaña. Nos muestra los centenares de edificios dañados por los rusos en bombardeos ocurridos en los últimos meses, entre los cuales la Casa de la Cultura, un museo, un centro educativo. “Esto significa que los rusos quieren destruir la identidad de los ucranianos”, denuncia. Lo único que está intacto es la catedral ortodoxa ligada al Patriarcado de Moscú, que ostenta sus tradicionales cúpulas doradas estilo cebolla.

En medio de la desolación, saltan a la vista un monumento a la marmota, símbolo de la ciudad, que Maxim nos cuenta que los rusos intentaron robar, sin éxito, así como enormes carteles publicitarios patrióticos: “Ucrania va a ganar”; “Confiamos en nuestro ejército”. Y sorprende ver, pese a que casi nadie vive aquí, obreros cortando el pasto de algunos parques.

Los estruendos que llegan desde el frente no cesan. Pero tampoco alteran a los pocos vecinos que se quedaron, que toman café en el único bar abierto, como si nada pasara. “Mi casa está acá, mis cosas están acá, mi familia, así que me quedó acá”, explica a LA NACION Mikhail, un hombre que aparece en bicicleta cerca de la plaza principal, que cuenta que ya no tiene trabajo.

¿No teme los bombardeos, no teme que vuelvan los rusos? “No, estoy aquí desde el principio, estoy acostumbrado a esto. Sí, los que llegan tienen miedo, pero a mí me da más miedo cuando está tranquilo: me acostumbré al ruido de las bombas”.

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