“Muy a pulmón”: el pueblo de 600 habitantes que brilla cada año con una fiesta popular

A unos 250 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, metido sobre un camino recién empedrado, a unos ocho kilómetros de la ruta 5, los vecinos del pueblo de Comodoro Py, en el partido bonaerense de Bragado, están felices por el trabajo mancomunado y resultado logrado. Es que a fines del mes pasado, como ya hace dos décadas (suspendido solo por pandemia), todo la comunidad en su conjunto de esta localidad surgida de la extensión del ramal ferroviario Belgrano, organizó y celebró la Fiesta del Chorizo Seco.

Todo comenzó a principios del 2001, cuando un grupo de mujeres de este pequeño pueblo de calles de tierra, se reunió para buscar la manera de revalorizarlo. Primero pensaron en armar una fiesta de la frutilla y del zapallo, pero enseguida entendieron que iba a ser difícil lograrlo, por lo que se les ocurrió algo muy tradicional en la zona: el chorizo seco, que la gente del lugar lo hacía de manera habitual para consumo propio.

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La tradición de hacer chorizo seco en los campos viene de antaño. Es un embutido artesanal realizado con carne magra de cerdo, panceta y grasa que se lo condimenta con sal, pimienta, ají molido, pimentón dulce o picante y un jugo de vino, ajo y especias. Primero se lo comía fresco y al resto se lo colgaba en cañas para su posterior secado y consumo.

“A mediados del siglo pasado, los habitantes de acá eran productores de frutillas y zapallos. De hecho, en ese tiempo todas las semanas pasaba el tren por donde se enviaban las producciones hacia Buenos Aires. El tiempo pasó y ya no queda nada de esos cultivos intensivos y la zona se convirtió en agrícolo-ganadera”, cuenta Andrea Gómez, delegada municipal de Comodoro Py e integrante de la comisión organizadora de la Fiesta del Chorizo Seco.

“Hace casi cinco décadas tampoco pasa el tren, de los 2000 habitantes que había hoy solo somos 600. Muchos emigraron en busca de oportunidades laborales. Defendemos nuestro lugar porque nacimos, nos criamos y estamos arraigados sentimentalmente”, añade.

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Así fue que ese primer año, las mujeres de la biblioteca local se largaron con algo chiquito para ir probando si funcionaba. Y, en 2005, al ver que la cosa tomaba una dimensión más importante, invitaron a sumarse a la movida a los socios del Club Agrario.

El evento dura dos días y participa de una u otra manera todas las fuerzas vivas de la comunidad y también los vecinos. Tiempo antes, en conjunto el Club Agrario y la biblioteca, faenan unos 50 porcinos y elaboran la producción para la fiesta en la fábrica de chacinados Copy. “También se hacen los frescos para vender los choripanes en el evento”, cuenta Gómez.

En la previa, los vecinos comienzan a emprolijar los frentes de sus casas, a cortar el pasto de las veredas para dar una buena impresión a las 15.000 personas que se acercan al pueblo para disfrutar del festejo popular. En tanto que los organizadores piden prestado el escenario, los tablones, las sillas y otros implementos a diferentes entidades vecinas.

Desde temprano, ese sábado, las calles ateridas del pueblo que casi perpetuamente están desiertas, por un tiempo recobran vida y se colman de autos, camionetas y motos, llegados de pueblos aledaños. El encendido de un fogón a las 17 da inicio a la celebración. Esa primera noche, hay espectáculos folclóricos que terminan con un baile popular.

Ya el domingo se organiza en un predio pegado al pueblo una prueba de riendas y danzas ecuestres. Luego, alrededor de la plaza, cerca del mediodía se realiza un encuentro de peñas folclóricas y un desfile con la Virgen, con las distintas instituciones locales, los centros tradicionalistas y la asociación de máquinas antiguas. Luego, en el mismo predio, hay un vistoso entrevero de tropillas. Por la noche es el broche de oro: un jurado elige al mejor fabricante de chorizo seco, entre los más de 20 participantes del concurso. También se elige a la “Flor del Pago”, la reina de la fiesta.

Finalizada la fiesta, poco a poco el pueblo vuelve a su paz acostumbrada, con el silencio sepulcral a la hora de la siesta y por la tarde los encuentros de vecinos en la cantina del club para jugar al pool o en el centro de jubilados para jugar a las cartas vuelven a ser habituales.

Los chicos regresan a la escuela, algunas mujeres retornan a la biblioteca y otras al museo de antigüedades que tiene el pueblo. La capilla San José vuelve a su horario de apertura de siempre. Y, aunque por un tiempo perdurarán los comentarios de la fiesta pasada, poco a poco todo vuelve a su normalidad.

“La fiesta sigue viva en nosotros. Aunque exhausta, la gente está feliz. Queda en nuestro corazón una alegría y un entusiasmo marcados a fuego que sirven para renovar la energía para el año siguiente. Todo es muy a pulmón. Después de ver el resultado, sentimos que valió la pena”, finaliza Gómez.

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