La guerra de Ucrania obliga a Rusia a activar sus “células dormidas” para espiar a Occidente

PARÍS.- Una pareja de argentinos llevando una apacible vida en Eslovenia, una fotógrafa mexicano-griega en Atenas, una creadora de joyas de fantasía en Italia y ahora tres búlgaros arrestados en Gran Bretaña… Desde hace años, Rusia mantiene una red de espionaje latente y profundamente infiltrada en los países occidentales, constituida de personas que no tienen ningún lazo aparente con Moscú.

Desde que comenzó la guerra en Ucrania, los servicios de seguridad a través del globo consiguieron desenmascarar muchas de esas “células dormidas”, que llevan vidas totalmente anodinas siendo a la vez agentes de inteligencia a las órdenes del Kremlin. Pero esa renovada eficacia no engaña a nadie en cuanto a la posibilidad de terminar con ellas: “Solo se trata de la parte visible del iceberg. Esa práctica rusa es tan vieja como la diplomacia”, reconoce Claude Blanchemaison, exembajador francés en Moscú.

El 15 de agosto, la policía británica acusó a dos hombres y una mujer, sospechosos de ser espías al servicio de Rusia. Los tres búlgaros -integrantes de un grupo de cinco- fueron arrestados en febrero y puestos en detención provisoria. Orlin Roussev, Bizer Dzhambazov y Katrin Ivanova, que poseían falsos documentos de identidad, vivían desde hace años en Gran Bretaña.

“El 8 de febrero, agentes de operaciones especiales de la policía detuvieron a cinco personas sospechosas de infracción a la ley de secretos oficiales”, indicó la policía londinense. Esa ley, llamada “Official Secrets Act”, prohíbe la divulgación de secretos de Estado o de informaciones que pongan en peligro la seguridad nacional.

De los cinco sospechosos, tres de ellos también fueron inculpados por “posesión de falsos documentos de identidad con intención ilegítima”. Los otros dos fueron dejados en libertad condicional. Según la policía, los cinco serán presentados a la justicia en septiembre. La prensa británica precisó que los documentos en cuestión eran pasaportes, DNI y otras piezas de identidad “falsamente emitidos” por el Reino Unido, Bulgaria, Francia, Italia, España, Croacia, Eslovenia, Grecia y República Checa.

El 5 de diciembre de este año, una pareja de argentino-rusos, Maria Mayer y Ludwig Gisch, fue detenida por la policía eslovena. Ambos fueron acusados de espiar para Moscú. Según fuentes de inteligencia de Liubliana, eran miembros de los poderosos Servicios de Inteligencia Militar rusos (GRU) que, para cubrir sus actividades, habían creado una empresa de venta inmobiliaria y de antigüedades en unos modestos locales de la capital eslovena.

Ambos vivían con una falsa identidad y, según la prensa, poseían pasaportes argentinos. Pequeño país alpino miembro de la OTAN, nacido del estallido de la exYugoslavia, ese mismo mes Eslovenia había expulsado a 33 diplomáticos rusos tras las masacres imputadas a las fuerzas del Kremlin cerca de Kiev.

Casi en forma simultánea, otro caso fue develado por la prensa griega: Maria Tsalla, una mujer joven que residía en Atenas y pretendía ser greco-mexicana, era en realidad una espía rusa.

María, que había incluso conseguido obtener en 2018 la ciudadanía griega, era lo que en el mundo de la inteligencia se llama una “infiltrada profunda”. Es decir, tenía una identidad perfectamente establecida en su país de residencia, sin ningún lazo aparente con Moscú, habiendo sido formada para misiones de espionaje de alto calibre.

Fotógrafa, María tenía un negocio en la capital griega y exponía por internet su pasión por los gatos.

También tenía un amante, y al mismo tiempo un marido, igualmente espía, que vivía a 10.000 kilómetros de distancia, en Rio de Janeiro. Gerhard Campos Wittic se hacía pasar por un brasileño de origen austriaco, lo que le permitía justificar su acento “este-europeo”, sobre todo ante su novia, que frecuentaba desde hacía tres años.

Gerhard poseía una empresa de impresión 3D y trabajaba regularmente con el ejército brasileño. En enero había firmado el contrato de alquiler de nuevos locales a 50 metros del consulado de Estados Unidos cuando, bruscamente, sintió la necesidad de viajar a Malasia y literalmente desapareció. Lo mismo sucedió con Maria en la misma fecha, que escapó de Grecia sin dejar rastros.

Olga Kolobova se presentaba como hija de un padre alemán y una madre peruana que la habían abandonado en Moscú después de los Juegos Olímpicos de Rusia. Pero su papá era en realidad un coronel del ejército ruso y ella vivió en Europa bajo la identidad de María Adela Kuhfeld Rivera, presentándose como una mujer de negocios especializada en la joyería. La verdad es que trabajaba por cuenta del GRU.

Durante años, María Adela pasó por Malta, París y Roma antes de establecerse en Nápoles, sitio particularmente interesante para sus empleadores, pues la gran ciudad del sur italiano acoge el Comando Conjunto de las Fuerzas de la OTAN. Es decir, el cuartel general de las fuerzas aliadas, aéreas y navales, para el sur de Europa.

Según el sitio Bellingcat y el diario La Repubblica, que investigaron el caso, María Adela frecuentó durante meses toda la elite local, incluidos oficiales de alto grado de la Alianza Atlántica. Norteamericanos, belgas, alemanes, italianos… incluso consiguió convertirse en secretaria voluntaria y filantrópica del club local de Leones. Nadie sabe lo que la bella infiltrada consiguió obtener. Pero, después de años de buenos y leales servicios, fue llamada a Moscú en 2018 donde, con el tiempo, comenzó a hacerse presente en las redes sociales con su verdadera identidad.

Blanco particularmente predilecto de Moscú, la OTAN nunca comunica sobre esas cuestiones, aunque son innumerables los intentos de espionaje que tuvo a su sede de Bruselas como escenario. Antes de la reciente y completa ruptura de relaciones entre Occidente y el Kremlin, los servicios de inteligencia belgas estimaban que, sobre los cerca de 250 miembros -entre ellos un centenar de diplomáticos- de las diversas representaciones rusas en Bruselas (Unión Europea, OTAN, etc.), por lo menos 50 estaban exclusivamente encargados de recolectar información.

“Sin contar con los rusos que trabajan ‘bajo cobertura’ en el terreno económico”, precisa Gesine Weber, especialista en cuestiones de Seguridad y Defensa europeas.

Pero, ¿por qué Moscú decidió ahora renunciar a la tradicional utilización de sus propios agentes, venidos directamente de Moscú, y activar sus células dormidas?

“Porque, con la guerra en Ucrania, muchos de los caminos que usaban los agentes rusos para llegar a Europa han dejado de existir. Por ejemplo, ya no sirve un pasaporte ruso, aunque sea con un falso nombre. Tampoco es tan fácil obtener una visa para Gran Bretaña o para el espacio Schengen”, precisa Weber.

A su juicio, en las actuales condiciones es mucho más fácil activar esas células dormidas, confiar la tarea de espionaje a agentes extraoficiales “o incluso a simpatizantes ideológicos de Moscú con terceras nacionalidades, dispuestos a exponerse por un puñado de rublos”.

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