Tony Blair y sus habilidades regresan a la política británica para tejer la vuelta al poder del laborismo

LONDRES.- Una década y media después de la salida de Tony Blair de Downing Street, a los ojos de los británicos hay un tema que sigue definiendo al ex primer ministro: su desastrosa decisión de sumarse a la invasión a Irak liderada por Estados Unidos.

Aunque el año pasado la reina Isabel II le concedió el título de caballero del reino, más de 1 millón de británicos firmó una petición para que le retiraran la distinción. Incluso dentro de su propio Partido Laborista sigue siendo una figura compleja, detestada por algunos de la extrema izquierda y admirada a regañadientes por algunos que le reconocen haber sido el único dirigente del partido que ganó tres elecciones consecutivas.

Pero hoy que la oposición laborista crece en popularidad bajo el timón de su líder, Kair Starmer, la figura de Blair, repentina y curiosamente, ha vuelto a tener apoyo. Para Starmer, abrazarse a Blair es un gesto político que subraya el giro centrista del laborismo británico. Pero el exprimer ministro también tiene el carisma y la capacidad de comunicar de las que Starmer carece, virtudes que podrían ser muy útiles de cara a las inminentes elecciones generales.

El mes pasado, ambos se mostraron juntos sobre el escenario y se tiraron flores en una deslumbrante conferencia organizada por el Instituto Tony Blair para el Cambio Global, una organización que trabaja para gobiernos de todo el mundo, incluidos los autocráticos, y genera políticas que podrían ayudar a los laboristas si ganan las próximas elecciones.

Blair hoy es un hombre delgado y canoso de 70 años, con el rostro un poco más enjuto que cuando dejó Downing Street, en 2007. Pero aun así se ganó la escena sin el menor esfuerzo, mientras le decía a la audiencia que si Starmer ganaba las próximas elecciones, Gran Bretaña estaría en excelentes manos.

Era como una declaración de sucesión apostólica”, dice John McTernan, estratega político y antiguo colaborador de Blair, y agrega que “la química entre ambos revela que hablan mucho y se entienden”.

Jill Rutter, exfuncionaria pública y miembro del Instituto de Gobierno, un instituto de investigación con sede en Londres, apunta que a Blair “claramente le interesa reinsertarse como un gran jugador de la política británica”, pero que Starmer “es el primer líder partidario que parece dispuesto a darle espacio para que lo haga.”

El diario derechista Daily Telegraph fue más contundente: “Tony Blair se está prepara para volver a gobernar Gran Bretaña, y Starmer podría permitírselo”, tituló un artículo de opinión.

Blair llevó al Partido Laborista al poder con una victoria aplastante en 1997 y fue primer ministro durante una década, desplazando al partido hacia el centro, contribuyendo a negociar un acuerdo de paz en Irlanda del Norte y timoneando una economía lo suficientemente fuerte como para poder invertir en salud y educación.

Reputación

Pero al final de su mandato, y cuando Irak se hundió en el caos, la opinión pública británica se enojó con Blair, quien junto con el presidente norteamericano George W. Bush había justificado la invasión con la afirmación infundada de que ese país tenía armas de destrucción masiva. La invasión condujo a años de violencia sectaria en Irak y al surgimiento de grupos militantes islamistas que se convirtieron en precursores del grupo Estado Islámico.

La reputación de Blair tras abandonar Downing Street se vio aún más dañada por su lucrativo trabajo de consultoría para gobiernos con dudosos antecedentes en materia de derechos humanos, lo que parece confirmar su gusto por el dinero. La misma sombra de duda se cierne sobre su instituto. Recientemente, el diario londinense Sunday Times informó que el instituto presidido por Blair siguió asesorando y recibiendo dinero del gobierno de Arabia Saudita después del asesinato del escritor y periodista Jamal Khashoggi.

A través de un comunicado, el instituto manifestó que “El señor Blair tenía entonces y tiene ahora, como ha dicho públicamente, la firma convicción de que si bien el asesinato del señor Khashoggi fue un crimen terrible que nunca debería haber ocurrido, el programa de transformación social y económica que hay actualmente en marcha en Arabia Saudita es de suma y positiva importancia para la región y el mundo”.

“La relación con Arabia Saudita es de crucial importancia estratégica para Occidente”, agrega el comunicado, “y eso justifica seguir involucrados en ese proceso.”

Ninguna de esas críticas ha frenado una reivindicación que habría sido inconcebible mientras el laborismo estaba al mando del predecesor de Starmer, Jeremy Corbyn, un izquierdista y un feroz adversario político de Blair. En ese momento Starmer trabajaba junto a Corbyn, y en 2020, cuando accedió al liderazgo del partido, al principio Starmer mantuvo a Blair a distancia.

Ahora, sus lazos son tan cálidos que hace poco Starmer pasó por el restaurante de Londres donde el exprimer ministro celebraba su cumpleaños para saludarlo y desearle lo mejor.

“Cuando el partido no lo quería cerca, Tony simplemente siguió adelante con su vida”, señala Alastair Campbell, exvocero de Blair. “Creo que la gente finalmente llegó a la conclusión de que se diga lo que se diga de él, es bueno en lo que hace y sigue siendo quien explica de manera más creíble las situaciones difíciles”.

Reivindicación

La reivindicación política de Blair se ha visto favorecida por las comparaciones con el gobernante Partido Conservador, que tiene sumergida desde hace años a Gran Bretaña en la agitación política. Los años de parálisis hasta la consumación del Brexit se rompieron con la elección aplastante de Boris Johnson en 2019, pero el año pasado salió eyectado de Downing Street en medio de un diluvio de escándalos. Fue reemplazado por Liz Truss, el primer ministro británica que menos duró en su cargo, hasta que llegó Rishi Sunak para restablecer cierta estabilidad.

“Hemos tenido tal sucesión de primeros ministros fallidos que cuando uno mira hacia atrás se da cuenta de que Blair era un primer ministro con mucho dominio de la situación”, apunta Rutter.

Si los laboristas llegan al poder, Blair tendrá muchas más chances de ejercer su influencia.

Rutter sugiere que, en parte, Blair creó su instituto porque cuando estaba en Downing Street —que tiene relativamente poco personal, en comparación con otras áreas del gobierno— sentía que tenía muy pocos expertos a su disposición.

“La gran pregunta es si Blair se contentará con quedarse en su instituto generando propuestas a las que un eventual gobierno laborista puede prestarles atención o no, o si intentará ejercer el poder desde las sombras”, señala Rutter.

Por Stephen Castle

(Traducción de Jaime Arrambide)

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